La dignidad de la palabra

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Hace unos días entrevistaban a Eduardo Galeano en un programa de televisión argentino, con motivo de la presentación de su último libro. En un tono entrañable, Galeano se remontaba a “Las venas abiertas de América Latina”, publicado en 1971, como si le hubiese dejado encadenado, como una jubilación demasiado temprana:

“No me arrepiento ni de una sola coma […] pero siento que me invitan a mi propio entierro, porque yo después escribí otros libros, mucho más abiertos a la diversidad del mundo […], asomando a otras zonas de la pasión humana en distintos lugares del mapa y en distintos tiempos del tiempo.

El problema que tengo [42 años después] es que sigue vigente. Ojalá que estuviese en un museo de arqueología. Ojalá que se dijese, miren, les vamos a mostrar un retrato del mundo cuando era muy injusto, esto, ahora por suerte, es una pieza de museo, muestra el pasado ya superado”.

Esa vigencia tiene una relación muy directa con el debate sobre la gestión pública de los recursos naturales que protagoniza hoy todos medios, abriendo viejas heridas y generando también, muy posiblemente, falsas esperanzas sobre posibles nuevos caminos. Resulta difícil, aplicando el sentido común, defender una postura contraria a que cada país -o cada comunidad- haga uso de sus propios recursos. Resulta un tanto ingenuo, también, pensar que el cambio de gestor, en sí mismo, generará un cambio en el modelo de explotación, origen último del conflicto.

En su último libro, en el que cada día genera una historia, el 4 de septiembre lleva por título “te doy mi palabra”:

“En el año 1970 Salvador Allende ganó las elecciones y se consagró presidente de Chile. Y dijo: voy a nacionalizar el cobre. Y dijo: yo de aquí no salgo vivo. Y cumplió su palabra”.

“El coraje de decir yo te doy mi palabra y dándote mi palabra, me doy”. Eso, decía Eduardo, “creo que es una fuente de prestigio para la democracia, tan desprestigiada por los políticos, que nunca hacen lo que han prometido hacer y que nunca son fieles a la palabra empeñada. Y hay que contribuir a devolver el prestigio de la palabra. Yo lo vivo así, como escritor, escribiendo, pero todos los que tenemos algo que ver con la comunicación en sus diversas maneras o con el ejercicio de la política o con lo que tenga que ver con el contacto con el público, tenemos la obligación de recuperar el honor de la palabra. Algo que en el Uruguay, mi país, nuestro país, fue muy malherido por la dictadura militar. Yo recuerdo cuando yo era niño que casi no existían los contratos en el Uruguay. El que te daba su palabra se daba, era muy raro encontrar a alguien que la traicionara. Y después la dictadura hizo muchísimo daño, porque obligó a la gente, a todos los uruguayos, a callar o a mentir. Eso desprestigió la palabra. Y hay que luchar para reivindicarla, para que ella vuelva a resplandecer en toda la belleza de su desnudez.

[…]

Y no es lo mismo la lectura, la palabra leída, que la palabra dicha. La palabra hablada no es lo mismo que la palabra escrita, por la sencilla razón de que la palabra hablada contiene música”.

Empecemos, entonces, a conversar.

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