Musarañas y dinosaurios

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Al caer la tarde del miércoles, Jorge Riechmann proponía en la sede de Ecologistas una reflexión sobre el ¿por qué la poesía -con la que está cayendo?. Tomando como punto de partida la premisa de que somos seres de lenguaje, Jorge enumeraba siete formas en que la poesía puede ayudarnos:

  • Poesía para indagar; como herramienta de exploración, para no tener que equivocarnos tanto en el mundo real
  • Poesía para desalienarnos, para poder decir nuestra propia palabra.
  • Poesía por la doble dimensión, crítica y utópica, de la función poética del lenguaje, perturbando el orden de las categorías establecidas, señalando horizontes utópicos: somos capaces de hacer lo que somos capaces de imaginar.
  • Poesía para dar nuevas propuestas de sentido para la existencia humana (sin duda, una de las tareas más urgentes en los tiempos que corren): “Los centenares de millones de personas que hoy buscan este “sentido de la vida” en la capacidad de provisión de cada vez más mercancías deberían quizá considerar que una existencia plena tiene mucho más que ver con actividades satisfactorias en el terreno de la creación y de la relación con los demás. Ahí es donde tanto el arte como la educación, la filosofía y la ciencia podrían desempeñar un papel fundamental”.
  • Poesía para caminar ligeramente sobre la Tierra, reorientar hábitos, valores y prioridades.
  • Poesía para la compensación: la creación humana puede compensar las carencias y frustraciones de otros deseos.
  • Poesía para rescatar el arte de vivir. La poesía nos recuerda que lo esencial de la vida, lo que realmente importa, “es algo que está más allá de la estadística y la máquina, de la prisa y las ocupaciones, del ruido y el progreso: algo que tiene que ver con la respiración, el vínculo y el silencio […]. Perfeccionar el arte de vivir” en vez de “estar absorbidos por la preocupación constante por el arte de progresar”.

En el debate que siguió a su exposición, ante la alerta sobre los peligros del uso del lenguaje, José Manuel Naredo intervino -con ese tono suyo entre tierno, enérgico y travieso, tan reconfortante siempre saberle ahí- señalando cómo los adjetivos que de manera tan perversa se han ido introduciendo pueden servirnos para poner de manifiesto las carencias que delatan: ¿no denota el hablar de “crecimiento sostenible” lo archi-insostenible que es el crecimiento? Si se habla de “arquitectura bioclimática” ¿no se está diciendo, entonces, que la “arquitectura normal” no está adaptada a su entorno?

Entre las intervenciones, una llamada de atención entre el público hacia la necesidad de que la poesía sirva como instrumento de celebración de las pequeñas victorias de las minorías. Uno de los asistentes (en adelante, X) se presenta como miembro de una minoría ejemplar.

X recurre como metáfora a los tiempos en los que coexistían musarañas y dinosaurios, ellos dominando el mundo, ellas escondidas entre grietas, aprendiendo técnicas básicas de supervivencia. Salta a la primera persona del plural: nosotros somos las musarañas. Nos incluye en la categoría de minorías ejemplares, en primera persona de plural, lo cual resulta cuando menos inquietante. Se introduce entonces en el debate el hecho de que, en las todavía minoritarias movilizaciones sociales, muchas veces la sublevación no se produce contra el modelo, sino ante la frustración de no poder alcanzar los estándares anunciados por el capitalismo como consignas de felicidad.

X retoma la metáfora: están los dinosaurios, que ostentan el poder; estamos las musarañas, como minorías ejemplares; y está esa gran mayoría de seres humanos, a los que asigna la categoría de reptiles, susceptibles de ser convencidos por nosotros (musarañas) de las indudables ventajas de convertirse en mamíferos.

Ante el alarmante presentimiento que genera escuchar esta propuesta de clasificación, cabe afirmar rotundamente: El mundo no se divide en musarañas, reptiles y dinosaurios.

En palabras de René Char:

Somos transeúntes empeñados en pasar, por consiguiente en sembrar la confusión, en infligir nuestro calor, en decir nuestra exuberancia. ¡Por eso intervenimos! ¡Por eso somos intempestivos e insólitos!.

Entre los versos del poeta también resuena:

Quien confía en el girasol, no meditará dentro de la casa.

Es menester soplar sobre algunas chispas para lograr buena lumbre.

Tenemos una gran variedad de comportamientos, estando todos los elementos bajo varios grados de control genético y social. Podemos ser egoístamente individualistas y competitivos, y al mismo tiempo somos socialmente generosos y cooperativos. Como nos recordaba William Rees:

Nuestro mito cultural disfuncional está fracasando en parte porque se centra excesivamente en el lado más oscuro de la gama de colores del comportamiento humano. Ha llegado el momento de cambiar el énfasis hacia los colores más luminosos, aquellos que tengan una mayor probabilidad de aportar un valor de supervivencia en un planeta finito.

Si nos sentimos en minoría -y un poco traicionados-, habrá que aceptar que ese “Otro”, que a veces incluso inventamos, también nos da sentido y ha de estar presente en nuestros intentos de creación de comunidad.

Y rescatamos nuevamente las palabras de René Char:

Puedo desesperar de mí mismo y conservar mi esperanza en Ti”.

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