Va a subir la marea

Publicada en Publicada en Apuntes

Si el derecho es el instrumento por excelencia para regular la conducta humana, a nadie se le escapa que una reforma en la normativa necesariamente ha de traducirse en un cambio de conducta. En un sistema finito, nada puede crecer indefinidamente; si para que una empresa pueda hacer despidos colectivos no ha de presentar pérdidas, sino solamente disminuir sus ventas durante tres trimestres consecutivos, antes o después toda empresa podrá ejecutar despidos colectivos, o dicho de otro modo: todo trabajador estará expuesto al despido.

Habrá que ver cómo esto modifica, consecuentemente, nuestra conducta en relación al trabajo.

Hace unos días, Amador Fernández-Savater reflexionaba sobre la deserción, en un artículo publicado bajo el epígrafe “¿Y si no hacemos nada?”. Inspirado por una intervención de Alexandra-Odette Kypriotaki, que ha participado en las movilizaciones griegas desde 2008, propone “no responder a la destrucción con más destrucción, abandonar las filas, disfrutar”.

Resulta, cuando menos, tentador.

Merece aquí la pena rescatar las reflexiones de Cortázar sobre los grados de la crítica, formuladas en el contexto de los procesos de Cuba y Nicaragua:

“si critico, lo hago por esos procesos y no contra ellos; aquí se instala la diferencia con la crítica que los rechaza desde su base, aunque no siempre lo reconozca explícitamente. […] Personalmente comparto muchos de sus reparos [en alusión a Octavio Paz y Vargas Llosa], con la diferencia de que en mi caso lo hago para defender una idea del futuro que ellos sólo parecen imaginar como un presente mejorado, sin aceptar que hay que cambiarlo de raíz”.

Así las cosas, desde Europa nos animan a centrar nuestras preocupaciones en materia de medio ambiente en coches eléctricos o smart cities (ciudades inteligentes). Frente a ese modelo de smart cities surgen voces críticas con el objetivo de reflexionar sobre los impactos de los cambios sociales y tecnológicos en los espacios urbanos, siempre con las recurrentes -y cada vez más vacías de contenido-ideas de sostenibilidad y participación en el centro de todos los debates sobre el espacio público. Sucede que, a menudo, se nos olvida que la participación requiere un aprendizaje, para el que probablemente la cooperación Sur-Norte pueda proporcionarnos algunas lecciones. A la complejidad de la puesta en marcha de los procesos de participación hay que añadir el hecho de que, frecuentemente, los resultados no son los esperados. Cuando después de largas sesiones de debate sobre la vocación de uso de una plaza, los vecinos del barrio deciden que quieren un parking, no podremos decir que el proceso ha fracasado porque la participación ha de ser “libre e informada”. Señores, habrá que remangarse y empezar desde un poco más atrás, poniendo sobre la mesa el debate sobre la gestión de los recursos para reorganizar nuestras formas de producir, consumir y, en definitiva, de vivir. Analizar la viabilidad de la propuesta de vivir mejor con menos es hoy el terreno de máxima responsabilidad.

Y sí, va a subir la marea.

Pero no vamos a renunciar.

foto by Argûerix

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*